Aquí se encuentran una serie de preguntas y respuestas que hacen meditar sobre nuestra condición de seres humanos y mi poema favorito de Espronceda, Desesperación, espero que os gusten.

¿Quines somos?

¿De donde venimos?

¿Adonde vamos?

Ahí quedan.

La conflictividad entre dos pensamientos.

O quizá más. O más que eso.

Nadie lo sabe. Ni siquiera cuál es la fuerza ordenadora.

Y nadie tiene la culpa. Pero la realidad existe, aunque no sepamos dónde yace.

Eso es lo que buscamos.

No hay un camino para llegar,

no hay salida si se llega.

Nadie lo sabe.

¿Especulaciones? Tantas como seres.

Respuestas, tantas como estrellas se aparecen en el cielo del mediodia.

tMe gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y solo las centellas
la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier.

Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como chirrea
¡Qué gusto! ¡Qué placer!

Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y solo se vislumbre
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna reflejar,
moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre en cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡Qué gusto! ¡Qué placer!


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